JORGE GUINZBURG
LOS FANS DE GUINZBURG ORGANIZAN UN CURIOSO HOMENAJE
Un gran pogo gigantesco será la forma en la que los seguidores del fallecido cómico le dirán adiós.
El emblema de Buenos Aires será el punto de encuentro para los seguidores de Jorge Guinzburg, fallecido el pasado miércoles. La metodología no será otra que sus habituales “pogos”, tomados de los recitales de rock.
La convocatoria que circula por la red es clara: “Las mañanas ya no son las mismas, Jorge Guinzburg ya no está con nosotros. Dios estaba un poco aburrido y quiso sumar a su staff (Olmedo, Porcel, Tato Bores, Biondi, Minguito, Sandrini, sólo por nombrar algunos), a otro humorista genial. Si alguna vez este petiso gigante te arrancó una sonrisa… ahora regalemos un pogo para él. Entonces, el lunes 17 todos al Obelisco en el pogo de las 12″.
Fuente: Diario Perfil
(por Tabaré)
SE VA A EXTRAÑAR (por Gillespi)
Una tarde allá por los ochenta, caminando con mi viejo por los pasillos de ATC, nos cruzamos con una persona bajita que apareció repentinamente y que, con un tono zumbón, nos anticipó un: “¡Buenas tardesss!”
Mi viejo, sorprendido y por lo bajo, me dijo:
“Es Guinzburg, el de La Noticia Rebelde”
Esa fue la primera vez que lo vi y afortunadamente no fue la última.
Con el tiempo y a través de otro amigo en común, el inolvidable Castelo (con una sola ele, como acostumbraba remarcar siempre), pude conocer un poco más a Jorge, “el petiso” como le decía Adolfo.
Tuve oportunidad de compartir varios momentos con él. Recuerdo cenas, eventos, las tardes en Radio Mitre (el pase entre su programa y el nuestro), pero por sobre todo, la noche en que después de un concierto con mi banda en el Club del Vino, tuvo la delicadeza de pasar por el camarín a felicitarnos, gesto de sencillez que caracteriza a los grandes, al igual que aquella otra situación inolvidable que viví con el “Negro” Fontanarrosa y ya les he contado.
Sólo quiero expresar que hubo una raza de humoristas geniales, distintos y creativos. Los Guinzburg, los Castelo, los Abrevaya, que hicieron reír a la gente sin dejar de hacerlas pensar en ese mismísimo acto.
Nos mostraron que el humor no era solamente el tipo que pisa la cáscara de banana, sino que también podíamos reírnos de aquellas cosas que nos hacen miserables, sin sacar los pies de la realidad.
Sin ninguna duda, es una especie en extinción. Me pregunto:
¿Quién está rompiendo el molde que los fabricaba?
En una época de programas millonarios en producción pero pobres en ideas, donde hoy prepondera la inmediatez, donde todo es rating efímero y con gente efímera, la muerte de Jorge será otro espacio difícil de llenar, los talentos no abundan.
Este es mi recuerdo al “Petiso” Guinzburg.
GUINZBUR Y EL HUMOR (por Jorge Fontevecchia)
El Círculo de Creativos nos eligió como creativos del año. Fue en diciembre de 2006, la última vez que lo vi. El ya portaba esa cara melancólica que algunos le describen fuera de cámara. Ya sabía que tenía cáncer. Lo sabía desde hacía varios años: su etapa de mayor éxito profesional coincidió con su secreta lucha contra el cáncer, la que, a su manera, ganó.
En una de sus últimas columnas, Guinzburg reprodujo un chiste que reflejó también su paradoja: “Todas las noches, la gente del pueblo se reunía en el bar y la velada se animaba cuando llamaban al tonto para burlarse de él. La broma consistía en darle a escoger entre dos monedas: una grande de 400 reales y otra pequeña, pero de mayor valor: 2.000 reales. El siempre elegía la más grande y menos valiosa, y eso despertaba la risa de los parroquianos. Un día, un forastero que observaba al grupo divertirse con el pobre inocente, lo llamó aparte y le preguntó si no había percibido que la moneda más grande valía menos. ‘Por supuesto –respondió el tonto–, no soy tan estúpido; vale cinco veces menos, pero el día que escoja la otra, el jueguito acaba y no voy a ganar más mi moneda’”.
No pocas veces, lo que parece no es. El hombre que durante años hizo reír a todos, en la intimidad convivía con la desazón de la enfermedad. Pero si el humor es el antídoto de la tristeza, ¿quién mejor que él para aplicarlo?
“El humor es la gentileza de la desesperación” (Oscar Wilde). “El hombre sufre tan profundamente que ha debido inventar la risa” (Nietzsche). “Reír para no llorar”, dice el refrán popular.
Ese contraveneno espiritual que es la risa debió haber sido su medicina para enfrentar estos largos años sin que casi nadie lo percibiera, por lo menos hasta su fase final.
En Psicología, se denomina contrasíntoma a la lucha frente a una representación penosa en la que el sujeto expresa lo opuesto a su deseo, al que evita sustituyendo un impulso inaceptable por su contrario.
Obviamente, no fue Guinzburg el único humorista que sublimó su dolor como alegría. Benny Hll se encerraba en su casa, no invitaba a nadie y tenía un carácter taciturno fuera de escena. Alberto Olmedo, de quien se cumplen ahora veinte años de su muerte, es el ejemplo más extremo de la depresión transformada en manía cada vez que se encendía una cámara. Roberto Pettinato dijo una vez: “La risa cura; es la obra social más barata del mundo”.
Quizá por eso los argentinos, expertos en heridas y en sobrevivir sin muchos recursos, hicimos de los humoristas héroes nacionales. Ayer, por Internet, se convocó a un masivo homenaje a Guinzburg: “Dios estaba un poco aburrido y quiso sumar a su staff (Olmedo, Porcel, Tato Bores, Biondi, Minguito, Sandrini, sólo por nombrar algunos) a otro humorista genial. Si alguna vez este petiso gigante te arrancó una sonrisa… ahora regalemos un pogo para él. El lunes 17, todos al Obelisco en el pogo de las 12”.
El humorista es un intermediario con Dios, porque de él recibe el don de la gracia, que lo hace gracioso, una facultad del alma a pocos concedida e imposible de desarrollar profesionalmente. La palabra humor proviene de la medicina concebida como disposición biológica y estado de ánimo; en la Edad Media se hablaba de los cuatro humores del cuerpo: la bilis, la flema, la sangre y la bilis negra. Para Darwin, de la misma manera que nadie puede hacerse cosquillas a sí mismo, porque el lugar que va a ser estimulado debe ser desconocido, el humor necesita de la sorpresa.
Según Schopenhauer, la risa se produce ante la constatación de la “incongruencia entre el pensamiento y la realidad” (ayuda a ver a los reyes desnudos), y “reír resulta agradable y placentero porque nos satisface el triunfo del conocimiento intuitivo, inseparable de nuestro ser animal, sobre el pensamiento abstracto. Nos agrada comprobar que el pensamiento es incapaz de hacerse cargo de todos los infinitos matices que presenta lo real: es grato ver, de vez en cuando, tomada in infraganti y acusada de deficiente, a la razón, ese dominio de lo severo”.
El humor es tan importante en la Argentina que hasta dejamos obsoleto a Freud, cuando decía: “La esencia del humor consiste en que uno se ahorra los afectos que la respectiva situación hubiese provocado normalmente, eludiéndolos mediante un chiste”.
Aquí, el humor ya no “ahorra” ciertas consecuencias; por ejemplo, no hay programa de televisión que satirice al matrimonio presidencial. Una lástima.Los neurólogos sostienen que la risa alivia la tensión, pero como la risa es contagiosa, el peligro sería que los números del INDEC terminen repitiendo en Argentina lo que sucedió en 1962 en Tanganyka (ahora Tanzania), donde se produjo una auténtica “epidemia” de la risa que afectó a miles de personas, especialmente jóvenes adolescentes, que duró meses y llegó a forzar el cierre de escuelas.
Actualmente, la ciencia discute si algunos chimpancés ríen u otros mamíferos tendrían algo parecido a la risa, pero todavía sigue siendo nuestra característica distintiva. Aristóteles definió al ser humano como Homo ridens, el animal que ríe. Y nadie tenía la risa más contagiosa que Guinzburg.
¡PLOP! (por Petinato)
Ah, perdón, quisiera enviarle un mensaje a Jorge Guinzburg para que descanse en paz: “Jorge… Eduardo Feinmann dijo que fuiste una gran influencia para él y que te despide con una sonrisa”. ¡¡Ja ja ja!! ¿Viste? Estés dónde estés, ¡yo sabía que te iba a hacer reír! Un beso.
LA COLUMNA Y LA RISA (por Luisa Valenzuela)
Me duele la columna. Las vértebras cervicales, ni hablemos, ya se sabe, con la gente que escribe y lee y esas cosas malsanas. Las lumbares no se quedan atrás, aunque allí estén. Pero la que más me duele es ésta, la columna semanal. Porque las noticias de los último días son de grima, al norte de nuestro subcontinente y al norte del continente entero, donde las esperanzas demócratas se embarran mutuamente al punto que van a minar la confianza de sus simpatizantes. Y no hablemos de nuestro querido país. La fiebre amarilla, el desabastecimiento. Los grandes productores agrarios nos castigan por tratar de retener los alimentos aquí mismo, donde pertenecen. Ellos quieren exportar y el resto les importa una papa. Una papa. No quiero hablar de esto y ¡zas! muere Jorge Guinzburg. La noticia es bien triste pero la columna se endereza. Porque él supo tomarlo todo a risa y con esa risa muchas veces cruel o sarcástica logró echar luz sobre los espacios oscuros de la forma más inteligente. Para eso sirve el humor: para decir lo que no puede ser dicho. Y para ser valiente, como lo fue la revista Humor durante los años de plomo.
El tema me permite mencionar a mi madre, la escritora Luisa Mercedes Levinson, de cuya muerte se cumplen veinte años este mes. La conmemoración oficial vendrá en mayo, cuando aparezca un librito tamaño caja de cigarrillos para máquinas expendedoras, con sus cuentos más emblemáticos. Eso le habría encantado, ella que nunca fumó pero siempre supo encontrarle el aspecto feliz a cada cosa. Su humor era opuesto al de Guinzburg pero cumplía idéntica función de alivianar lo denso y lograr expresar lo prohibido. Como escritora sabía calar hondo sin necesidad recurrir a ninguna tangente, pero en la cotidianeidad su sentido del humor y su alegría de vivir le permitió sobreponerse a todos los dolores. Más allá de la columna vertebral. Su risa tenía un tono cristalino y contagioso, y gracias a Norman Cousins (Anatomía de una enfermedad) sabemos que la risa es como un jogging interno que genera endorfinas y cura los males no sólo del alma.
GUINZBURG NO EXISTE (por Mario Mactas)
Desde hace más de treinta años soy –insisto: soy- amigo de Jorge. Que se haya muerto es una de esas cosas, pero no solamente: con él se verifica que ha dejado de existir alguien que formó parte de una especie distinta, ahora en peligro de liquidación. Hablo de los talentos múltiples y bondadosos, gente de buena madera y genio que parece a punto de salir del planeta, particularmente en esta zona que llamamos la Argentina. No es que se haya muerto, sino que ya no existe. Una especie que sabe el valor de los días que se viven y no ignora que la época de cada uno es la actual. Guinzburg no existe, porque ya no existe el gozo del trabajo como la mayor de las vacaciones, la volatilidad de los talentos y su plástica condición de ser de muchas maneras. Fue un ganador, algo que por aquí se aborrece, como artista general, actor, guionista, escritor, empresario de espectáculos, periodista.
Ahora, frente a estas líneas de despedida, lloro silenciosamente.
No por él: por mí.
MILITANTE ACTIVA CONTRA LOS DEBERÍA (por Lorena Bassani)
Dónde me había metido. Estaba sumergida en el país de los inmundos debería. ¿Qué me pasó? No tenía ganas de escribir un posteo. Qué poco profesional lo mío. Digan lo que quieran, queridos. Debería haber sacado chapa de periodista inconmovible. Debería haber escrito como todos los días. Cómo puede ser que con semejante éxito me venga abajo. Debería haber sentado mi cola en la silla. Debería haber contado alguna cosa boba para mantenerlos cautivos. Debería haber hecho un culto arrogante con mis astucias de payasa. Debería haber pensado alguna genialidad para entretenerlos como monitos. Hablen lo que se les cante, amigos. Debería haber corrido abajo de la alfombra las emociones. Debería haber ignorado que me sentía para el reverendo culo. Debería haber jugado a la gambeta con mi estado de ánimo. Debería haber puesto “sexo” en el título y listo.
A la mañana se murió Jorge Guinzburg. Debería haber hecho como si el tema no me tocara. Después de todo, yo no era su amiga, ni trabajaba con él, ni nada de nada. Vieron, amigos, cómo es esto. Vieron cómo te exprimen los medios. Vieron cómo te hacen ser otras personas. Cuando uno es periodista, termina tomando las muertes como noticias y no como las muertes de personas lindas. En este caso particular, me rebelé en secreto. No tenía ganas de continuar con mi pequeño itinerario del novio. Me tildé a conciencia. Me permití sentir aunque estaba sentada en la silla de un diario que paga por escribir palabras escritas. ¿Podría hablarles de sentimientos si yo no sintiera ganas de contarles esto? Me parecía un abuso. Una falta de respeto. Porque esto de tener novio no tiene que ver sólo con eso. Tiene que ver con mi ser sensible y con los permisos que me doy para serlo.
¿Cuando hablo de encontrar el amor no estoy hablando también de la posibilidad de sacarme la máscara de encima y de ser realmente quién soy yo? ¿No deberíamos todos hacer lo mismo desde nuestros lugares? ¿De qué estamos fabricados si no? ¿En qué nos convertimos si no somos capaces de mover fichas cuando algo nos hace ruido? Ser sensibles a lo que pasa no debería ser un modo extremo de vulnerabilidad, debería ser costumbre. Encontrar una persona para amar también implica no ser hipócrita. Implica dejar que me vean como soy. Implica no tener segundas intenciones. Implica, amigos, no ser careta. Por eso, desde un diario, desde la tele, hoy no me sentía con ganas de hacer lo que debería hacer para conformar al que sea. Como cuando no acepto los salir por salir o los estar por estar.
Se murió un tipo que me hizo reír y al que le di las gracias un buen día. Así que yo no tenía ganas de escribir un puto renglón que no hablara de eso. Mi sanidad está en hacer lo que no se debería hacer y aguantarla.




Es terrible como me pegó la noticia, no me había pasado nunca de quedar tan shockeada por la muerte de algún “famoso”…
Lo mismo para Castelo y Tato Bores.
Por suerte aún quedan Dolina y Les Luthiers…