EL BANQUETE
El simposio (sympósion) comienza al final del banquete (deîpnon o sýndeipnon). Cuando ya se ha concluido la comida y los comensales pueden dedicarse alegremente a beber en amistosa compañía y a conversar con entera libertad. Los sirvientes despejan las mesas, aportan perfumes y ligeras coronas de mirto, y escancian generosamente el vino en las copas. La mezcla de la bebida, la música de las flautas, la belleza de los muchachos y las danzarinas ocasionales, todo ello contribuye a la festiva atmósfera en la que los simposiastas, con el fogoso apasionamiento y la franqueza jovial que el momento propicia, discurren en charlas desenfadadas. El ambiente rumoroso “adormece las penas y despierta el instinto amoroso”, como dice Jenofonte, mientras circulan las copas y las palabras alegres.

En Homero era el momento en que, en los salones del palacio real, se reclamaba la presencia del aedo, y el poeta áulico acudía y cantaba, acompañándose con su lira, algún episodio del repertorio épico. O bien el recién llegado contaba sus aventuras, como hace Ulises en el banquete que le ofrece Alcínoo, en Feacia. También era un buen marco para rememorar las hazañas de los antepasados o discutir algún importante suceso, o para conspirar con los compañeros de la misma intención política. Un famoso poema de Jenófanes de Colofón evoca ese ambiente adecuado a cantos y encomios, “cuando el canto y la fiesta se extienden por toda la casa” y se hacen las libaciones en honor de los dioses, para recomendar en su elegía que los bebedores no descuiden ensalzar la verdadera virtud, al margen de las viejas azañas.
El simposio es un acto social bien arraigado, como culminación del convite amistoso. En su marco surgen un tipo de breves canciones o poemas populares, los “escolios”, y también chanzas no menos populares. Como un ámbito privilegiado por la amistad, el simposio es, sin duda, un lugar idóneo para los debates sobre el amor.
El coloquio que Platón presenta en su “Banquete” tiene como tema el amor, el eros, y la conversación se distingue por su elegante y elevado tono. Son los invitados al banquete en casa del poeta Agatón, el joven dramaturgo que celebra con el covite su victoria en el certamen trágico, personas de refinado ingenio, conversadores de notable habilidad discursiva, contertulios de palabra brillante. En fin, como ahora se diría, es una cena de intelectuales, en Atenas.
La camadería de los comensales favorece tanto la franqueza como el buen humor, junto a esta cortesía clásica que no está exenta de puntadas irónicas. El tema propuesto, las pasiones y la vanidad de algunos, y también el vino, favorecen el fervor de la charla, en una competición de discursos ordenados en serie, en una gradación bien estudiada. A los seis discurso en elogio de eros se añade, como colofón y de propina, el entusiasta elogio que Alcibíades, enfant terrible de la época, hace de Sócrates, una conclusión de gran viveza dramática.
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