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MEMORIAS DE UNA CANTANTE ALEMANA

   “Esta es la única autobiografía femenina que puede compararse a las Confesiones de Jean-Jaques Rousseau o a las célebres Memorias de Casanova” escribe Guillaume Apollinaire en el prólogo del libro de la edición francesa de 1913.

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  Lo que convierte estas Memorias en un texto digno de comentario de Apollinaire -y no en una simple narración de experiencias eróticas- es su categoría de meditación sobre las relaciones sexuales, sus represiones, sus conflictos, sus obligadas astucias, así como de reflexión sobre las costumbres sexuales en los distintos países que recorre a lo largo de estas confesiones.
  Memorias de una cantante alemana, publicadas por primera vez en Altona en 1862, sigue siendo el libro más apreciado de la literatura erótica germana. Han sido atribuidas a la famosa cantante Wilhelmine Schroeder-Devrient quien, junto a a la Sonntag, arracaba las máximas ovaciones del público de su tiempo. La investigación apasionada de múltiples eruditos, a través de los años, ha demostrado la identidad del estilo de la célebre cantante con el de las Memorias. Estas fueron concebidas en forma de cartas dirigidas a un médico de renombre en su época, único hombre que, según señala la autora, no pretendió jamás a sus encantos. A continuación la primera carta:

   ¿Por qué ocultaros algo? Habéis sido siempre un amigo verdadero y desinteresado. En las situaciones más difíciles de la vida me habéis hecho favores tan importantes que bien puedo confiarme completamente a vos. Por otra parte, no me sorprende vuestro deseo; en nuestras conversaciones del pasado observé a menudo que sentíais una gran inclinación a escrutar y reconocer los resortes secretos que en nosotras, las mujeres, son motivo de tantas acciones que los hombres -incluso los más espirituales- se explican difícilmente.
   Ahora las circunstancias nos han separado, y probablemente nunca volveremos a vernos. Recuerdo siempre con mucha gratitud que me socorrísteis durante mi gran desgracia. En todo lo que habéis hecho por mí, nunca pensásteir en vuestro interés sino en el mío. Sólo de vos dependía obtener todos los signos de favor que un hombre puede desear, conocíais mi temperamento, y yo tenía debilidad por vos.
   Ocasiones no nos han faltado, y a menudo admiré vuestro autodominio. Sé que sois tan sensible como yo en ese punto; me habéis repetido a menudo que mi ojo es penetrante y que supero en razón a la mayoría de las mujeres. Si no creyérais eso no me pediríais que os comunicase, sin ambages y sin falsa modestia (que yo misma considero hipócrita), mis experiencias y mi concepción del “pensar” y el “sentir” de la mujer con respecto al momento más importante de su vida, el amor, y su unión al hombre. Vuestro deseo me molestó mucho al principio, pues dejadme comenzar esta confesión exponiendo un rasgo bien femenino y muy característico: nada más difícil para nosotras que ser enteramente sinceras con un hombre. Las costumbres y la presión social nos obligan desde nuestra juventud a tener mucha prudencia, y no podemos ser francas sin preligro.
   Cuando hube reflexionado bien sobre lo que me pedíais y, ante todo, cuando recordé todas las cualidades del hombre que se dirigiá a mí, vuestra idea comenzó a divertirme. Intenté entonces relatar algunas de mis experiencias. Ciertas cosas, que exigen una sinceridad aboluta y que no acostumbramos a expresar, mantenían en mí la vacilación. Pero me esforcé -pensando así complaceros-, y me dejé invadir por el recuerdo de las horas delices disfrutadas. En el fondo, lamento una sola, aquélla cuyas consecuencias dolorosas me hicieron recurrir a vuestra amistad para no subumbir. Tras esa primera vacilación, sentí un goce violento relatando todo quello que he vivido personalmente y lo que otras mujeres han sentido. Mi sangre se agitaba del modo más agradable a medida que fantaseaba con los más pequeños detalles. Era como un renovado gustar de las vouptuosidades ya disfrutadas y de las cuales no me averguenzo, como bien sabéis.
   Nuestras relaciones han sido tan ítimas que sería ridículo querer mostrarme a una falsa luz; pero salvo vos y el desdichado que tan miserablmente me engañó, nadie me conoce. Gracias a mi sentido práctico he conseguido siempre esconder mi ser íntimo. Eso se debe a un encadenamiento de causas extraordinarias más que a mi propio mérito.
   Entro los conocidos tengo fama de mujer virtuosa y, por así decirlo, fría. Pero pocas mujeres han gozado tanto de su cuerpo hasta los treinta y seis años. ¿De qué sirve, con todo, este largo prefacio? Os envío lo que escribí estos últimos días; juzgaréis vos mismo hasta qué punto he sido sincera. He intentado responder a vuestra primera pregunta, y he podido convencerme de vuestra afirmación: que el carácter sexual se forma a partir de las circunstancias particulares en las cuales se revelaron los velados misterios del amor; creo que ése ha sido también mi caso.
   Proseguiré estas confesiones con diligencia; con todo, no recibiréis una segunda carta antes de haber contestado a la presente. Mientras tanto, reconozco divertirme con esta equívoca manera de escribir mucho más de lo que podía suponer. Vuestro noble carácter me garantiza que no abusaréis de mi confianza. ¿Qué habría sido de mí sin vos, sin vuestra amistad y sin vuestros valiosos consejos? Bien lo sé: un pobre ser, miserable, solitario y deshonrado a los ojos del mundo; además, sé también que algo de me amáis, a pesar de vuestra aparente frialdad y de vuestro desinterés.
   Dresde, 7 de febrero de 1851

~ por laglorybox en Febrero 18, 2008.

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