DEL SENTIMIENTO TRÁGICO DE LA VIDA
La filosofía de Miguel de Unamuno y Jugo (1864-1936) no fue una filosofía sistemática, sino una negación de cualquier sistema y una afirmación de fe “en sí misma”. Se formó intelectualmente bajo el racionalismo y el positivismo. Durante la época de su juventud, escribió artículos en los cuales se apreciaba claramente su simpatía por el socialismo, y tenía una gran preocupación por la situación en la que se encontraba España.

La influencia de algunos filósofos como Adolf von Harnack provocó el rechazo de Unamuno por el racionalismo. Tal abandono queda de manifiesto en su obra “San Manuel Bueno, mártir”, donde la metáfora de la nieve cayendo sobre el lago ilustra su postura en favor de la fe —la montaña sobre la cual la nieve crea formas, paisajes, frente al lago, donde ésta se disuelve y se transforma en nada—.
Para él la muerte es algo definitivo, la vida acaba. Sin embargo, pensaba que la creencia de que nuestra mente sobrevive a la muerte es necesaria para poder vivir. Es considerado uno de los predecesores de la escuela existencialista que, varias décadas después, encontraría su auge en el pensamiento europeo. Así estudió danés para leer directamente a Kierkegaard (1813-1855), a quien en sus obras solía llamar, en su peculiar y cordial estilo: hermano.
Del sentimiento trágico de la vida. En los hombres y en los pueblos representa una exposición descarnada de la eterna lucha entre la fe y la razón, como solución unamuniana al problema de la inmortalidad personal. Lo verdaderamente irracional, es decir, al margen de la razón, es la creencia en la inmortalidad. Y, sin embargo, fe, vida y razón se necesitan mutuamente. El anhelo de inmortalidad no puede formularse en proposiciones racionalmente discutibles, pero se nos impone del mismo modo que el instinto de conservación personal. Razón y fe son dos enemigos que no pueden sostenerse el uno sin el otro: lo irracional pide ser racionalizado y la razón sólo puede operar sobre lo irracional. Tienen que apoyarse el uno en el otro y la lucha es su modo de asociación. Fe y razón se necesitan: la fe necesita a la razón para hacerse transmisible, refleja y consciente, mientras que la razón sólo puede transmitirse sobre la fe, pero ni la fe es transmisible racionalmente, ni la razón es vital. La solución unamuniana viene a través de la conversión de un viejo aforismo: nihil cognitum quin praevolitum.
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Reflexiones sin sentido, a la hora en que la muerte parece empecinada por entrar: No existe tal sentimiento tràgico de la vida. La vida misma, su esencia, està amasada en la tragedia, no ya a travès del tamiz de lo que “podemos” percibir, sinò de su descarnada realidad que nunca alcanzamos a dimensionar racionalmente…La vida es tragedia, vive por y para la representación tràgica de un ùnico acto, del acto definitivo. De cómo nos relacionamos con èse momento impar, personal e intransferible, depende nuestro trànsito en la Vìspera. La Muerte es la ùnica certeza, ni siquiera el nacimiento implica racionalidad, la muerte sì; la Muerte es Razòn Pura, la Muerte es la Verdad Absoluta. Como sostiene el Viejo Miller, Henry (y repite sin demasiado ingenio Lisandro Farìas en “Los Hijos de Marechal”), ni siquiera Dios, sòlo el hombre, gozarà del conocimiento ìntimo de la Muerte…Unicamente La Vida, en su ilusorio trànsito hacia la Verdad, puede darse el lujo de coquetear con la Fè. Razòn y Fe, son paralelas que sòlo se encuentran en el infinito; no son antagònicas, son complementarias pero sòlo en un plano que desde aquì es imposible siquiera imaginar…Y èsta es la verdadera Tragedia de la Vida, nuestra incapacidad de racionalizar aquello que no se explica con la razòn; entonces, desesperados, abrazamos los destellos luminosos de la Fè, erràtica Hetaira siempre dispuesta a vender sus encantos; ambos sabemos, ella y yo que sòlo sirve para calmar la sed del momento, pero nos necesitamos, ella para sobrevivir, yo para postergar el momento, para no mirar, para seguir creyendo que sòlo entre sus brazos lo ilusorio cobra Vida…