LO IMPENETRABLE
¿Ficción erótica? ¿Tratado de sexualidad? ¿Parodia de abusos y costumbres? Lo Impenetrable es sin duda una propuesta narrativa tan original como lograda. Madame X espera a lo largo de toda la novela consumar su relación sexual con el caballero Jonathan. Entre medio, hay hospitalización, convalecencia, rosas amarillas robadas por la enfermera, largas cartas de amor cortés y voraz y, sobre todo, la excitación cada vez mayor de la protagonista que se sirve de Marie, su acompañante, para saciar su cuerpo intranquilo. La relación entre ellas dos deviene comentario de lo que nunca sucede entre el hombre y la mujer: un verdadero encuentro que colme a ambos sin promesas vanas ni postergaciones ociosas. El caballero “había sido aniquilado por el placer y había renacido del aniquilamiento del placer”. Pero la simpática Madame X (letra que juega a todas y a ninguna) más impaciente que amante, vocifera a su criada: “¡La incógnita que no se devela es pura nada!”.
En tono de humor, este relato aparentemente clásico, en su exposición y estilo, es de irreverente actualidad y permite reencontrarse con la poesía oculta de Griselda Gambaro.

«Madame X, última descendiente de una aristocrática familia, recibió el correo a primera hora de la mañana. Su intuición permaneció muda, si hubiera hablado, la vida de Madame X posiblemente hubiera tomado un derrotero distinto, menos envuelto en la pasión arrolladora, tal vez, pero con más satisfacciones cotidianas. Como no era una mujer de reflexiones profundas ni de tipo especulativo, y con su intuición dormida, no se demoró en preguntarse quién le enviaba ese sobre de elegante papel y gran tamaño. Por otra parte, estaba acostumbrada a la elegancia y a los grandes tamaños en cualquier género de cosas. Su doncella retiró la bandeja del desayuno y ella, recostada en las almohadas, abrió el sobre sin ninguna premonición salvadora y retiró un pliego de apergaminada textura. Recorrió las primeras líneas, escritas con una letra aguda y temblorosa que se instalaba entre amplios espacios, pero que no anclaba en ellos sino que los transgredía con una libertad soberbia aunque un poco confusa. Madame X leyó, y su gesto condescendiente de mujer rica y noble se trocó de inmediato en otro de vanidad halagada. Suspendió la lectura, mientras escupía una miga de pan, para buscar la firma más abajo: era ilegible, borroneada aún más por una rúbrica excesiva que se metía entre las letras como una violación alfabética, remontaba la página y descendía luego violentamente, para acabar entre puntos y espasmódicos manchones de tinta.
Volvió al comienzo. La carta decía:
“Madame: usted no me conoce. Yo tampoco.
Miento y es verdad.
Usted no me conoce porque el sábado quince bailó conmigo como si fuera otro, y yo no la conozco porque la tuve en mis brazos como a una desconocida, y decir piel, ojos, cabellos (podría describirla entera), es pura exterioridad, continente sin conocer el contenido.
El contenido no puede ser conocido, en este caso, por intercambio de palabras, por una observación ingeniosa y sutil que formuló usted cuando bailábamos (nos rozó una pareja y usted exclamó ¡qué mal bailan!); si usted fuera Hegel o Schopenhauer y bailando conmigo hubiera pronunciado todo lo que esos señores escribieron (por un lado lo deseo, la eternidad bailando), tampoco la hubiera conocido. El acceso al contenido pide el tacto del continente. Voilá. Mi mano se curva tratando de imaginar lo que podría contener, el vacío pide la forma de su seno. ¿Cómo hablarle tan íntimamente sin tutearla? No me atrevo. Mi cuerpo, que se educó en una escuela de cortesía autónoma y desenfadada, sí se atreve. A esto y a más. Con esta mano que desde que vio su seno (no es un error, el hambre de conocimiento otorga a mi mano una mirada audaz y mucho más penetrante que a mis ojos), digo pues, con esta mano que desde la contemplación de su seno está curvada, intento escribirle. Mi letra temblorosa obedece a que debo coger la pluma en esta posición inaudita, se debe también, no quiero mentirle, a los violentos escalofríos de mi corazón. ¿Cómo? ¿Temblar? ¿Sacudirse? ¿Padecer el zigzag de la fiebre, su pico y su caída, el ardor y la transpiración? Pues sí. Siento el embate de temperaturas opuestas, del frío al fuego, en cuestión de minutos. ¿Qué digo minutos? En cuestión de segundos. Me hincho como las velas de un barco en pleno temporal y luego, debo soportar el viento que amaina y deja todo fláccido, la cubierta resbalosa, las velas húmedas. Desde que bailé con usted, es mi destino. Lo acepto, como el destino del criminal es el hacha el verdugo. Pero entre el hacha del verdugo y el Más Allá, está lo que pasó antes, el deseo que impulsa a la acción y la acción que determina el castigo. Sea usted mi crimen. Adorable criatura, las velas se hinchan, pienso en usted y el barco navega. ¡Tormenta!.” »



IINTERESANTE Y SIMPATICA NOVELA!