Los dos se tumbaron en el diván; al alcance de la mano, tenían unos chibuquíes, con tubos de jazmín y boquillas de ámbar, dispuestos para que no hubiera que fumar más de dos veces de cada uno de ellos. Tomaron uno cada uno; Alí se los encendió, y salió en busca del café. Hubo un momento de silencio, en el que Simbad pareció entregado a esos pensamientos que le ocupaban de continuo, hasta en mitad de una conversación, mientras Franz se abandonaba a esa especie de fantasía en la que se cae cuando se fuma un excelente tabaco, que uno tiene la impresión de que, con el humo, se van todas las penas del espíritu, y que ese mismo humo devuelve al fumador toas las ilusiones. Alí apareció con el café.
-¿Cómo lo tomaréis? -preguntó el desconocido- ¿A la francesa o a la turca? ¿Cargado o claro? ¿Con azúcar o sin él? ¿Prensado o hervido? A vuestro gusto. Está preparado de todas las maneras pocibles.
-Lo tomaré a la turca -repuso Franz-
-Y hacéis bien -corroboró el anfitrión- Eso prueba que tenéis inclinaciones hacia el modo de vida oriental. ¡Los orientales son los únicos hombres que saben lo que es la vida! En cuanto a mí -añadió, con una de esas peculiares sonrisas, en las que ya había reparado el joven-, en cuanto haya liquidado mis asuntos en París, iré a morir a Oriente. Si desearais verme para entonces, tendrías que dirigiros a El Cairo, a Bagdad o a Ispahan.
-A fe mía que será la cosa más fácil -dijo Franz-, porque tengo la sensación de que me hayan salido alas de águila y, con estas alas, daría la vuelta al mundo en veinticuatro horas.
-¡Vaya, vaya! ¡Ya empieza a hacer efecto el hachís! ¡Desplegado esas alas, y volad a las regiones de la fantasía! No temáis nada, que hay quien vela por vos, y si, como las de Ícaro, vuestras alas se derriten al sol, aquí estaremos para recibiros.
A continuación dirigió algunas palabras en árabe a Alí, que hizo un gesto de obediencia y se retiró, aunque sin alejarse demasiado. En cuanto a Franz, sufría una extraña transformación. Todo el cansancio físico de aquel día, todas las cosas que le habían preocupado aquella noche, todo desaparecía como en esos primeros instantes del descanso en los que todavía estamos alerta y sentimos cómo nos invade el sueño. Su cuerpo adquiría una ligereza inmaterial, mientras que su mente se despejaba de forma inaudita y parecían duplicarse las facultades de sus sentidos. El horizonte se ampliaba cada vez más, no el horizonte sombrío y terrorífico que había captado antes de su sueño, sino un horizonte azul, transparente y vasto, con los colores del mar, las lentejuelas del sol y los aromas de la brisa. Rodeado por las canciones de los marineros, cantos tan límpidos y claros que, de ser transcritos en notación musical, hubieran compuesto una divina armonía, veía aparecer la isla de Montecristo, no como un terrible escollo entre las olas, sino como un oasis perdido en el desierto; a medida que la barca se aproximaba a la isla, más audibles eran los cantos, como si una encantadora y misteriosa armonía ascendiese desde aquella isla hasta Dios, como si algún hada, como Lorelay, o algún mago, como Alfión, quisiera atraer un alma hacia aquella parte, o edificar una ciudad.
Finalmente, la barca tocó orilla, pero sin violencia, sin sacudidas, como un labio roza otro labio, y penetró en la gruta, sin que dejase de sonar aquella maravillosa música. Descendió, o más bien le pareció bajar, algunos escalones, mientas respiraba un aire perfumado y fresco, como el que debía de soplar en torno a la gruta de Circe, repleto de esos aromas que hacen soñar al espíritu, de esos ardores que enardecen los sentidos, y volvió a ver todo lo que ya había contemplado antes del sueño, desde Simbad, el fantástico anfitrión, hasta Alí, el mudo servidor. Luego, todo pareció borrarse y confundirse a sus ojos, como las últimas sombras de una linterna mágica que se apaga, y se volvió a encontrar en la estancia de las estatuas, iluminada tan sólo por una de aquellas lámparas de cálida luz que acompañan, a lo largo de la noche, al sueño o a la voluptuosidad.
Eran, en efecto, las mismas estatuas de ricas formas, lujuriosas y poéticas, de ojos magnéticos, sonrisa lasciva y abundante cabellera. Eran como Friné, Cleopatra y Mesalina, las tres célebres cortesanas. Por entre aquellas sombras impúdicas se deslizaba, como un rayo de luz, como un ángel cristiano en medio del Olimpo, una figura casta, una sombra apacible, una de esas dulces visiones, que parecía velar su virginal frente ante aquella impudicia de mármol
Y le pareció que las tres estatuas habían fundido su amor en uno solo, para un único hombre, y que el hombre era él; que se aproximaban al lecho en el que soñaba una segunda fantasía: con los pies ocultos bajo sus largas túnicas blancas, desnudo el cuello, sueltos los cabellos, en esas actitud a la sucumbían los dioses, pero que los santos resistían; con una mirada tan inflexible y artiendte como la de la serpiente hacia el pájaro, y él se abandonaba a aquellas miradas tan dolorosas como un abraz, tan voluptuosas como un beso.
Franz tuvo la impresión de que cerraba los ojos y que, gracias a la última mirada que lanzaba a su alrededor, contemplaba cómo la púdica estatua se cubría el rostro por completo; a continuación, cerrados los ojos a las cosas materiales, sus sentidos se abrieron a sensaciones imposibles. Y experimentó una voluptuosidad sin tregua, un amor sin descanso, como el prometido por el profeta a los elegidos. Todas aquellas bocas de piedra cobraron vida, todos aquellos pechos entraron en calor, hasta el punto de que, para Franz, que sentía por vez primera los efectos del hachís, aquel amorresultaba casi doloroso y tortura tanta voluptuosidad, cuando sentía cómo pasaban por su boca sedienta los labios de aquellas estatuas, flexibles y fríos, como los anillos de una serpiente. Pero cuanto más trataba de rechazar con sus brazos quel amor desconocido, más internsamente experimentaban sus sentidos el encanto de aquel sueño misterioro, hasta que, después de una lucha en la que hubiera llegado a entregar el alma, se dejó llevar sin reserva, y terminó por ceder jadeante, abrasado de cansancio, agotado de deseo, a los besos de aquellas amantes de mármol, alos encantos de aquel sueño imposible.
Fragmento de “El Conde de Montecristo” de A.D.
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